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¿Nos nutrimos de medios?
Lo que hay que saber sobre nutrición cognitiva, es decir, sobre los consumos de medios de los niños y jóvenes. ¿Qué, cuánto, cuándo y dónde ver? Son algunas de las preguntas que los padres tienen que responder y tomar decisiones. Entrevista al psiquiatra Sergio Barroilhet.
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Magdalena Urzúa Bravo, Periodista Queveo.cl
Para nadie resulta extraño pensar y planificar lo que comemos, de hecho idear un menú balanceado y nutritivo para la familia forma parte de la rutina semanal de las madres, ¿por qué entonces nos cuesta tomar conciencia y racionalizar los consumos de medios de los hijos?
Tal como una alimentación sana permite un mejor desarrollo de nuestras potencialidades genéticas, y nos deja en mejores condiciones para adaptarnos a los cambios de nuestro entorno, lo que vemos en las pantallas y en nuestro interactuar con éstas, forman parte de nuestro desarrollo intelectual y adquieren importancia, sobre todo si tomamos en cuenta que hoy un niño promedio pasa 3 a 4 horas frente a algún medio (TV, internet, videojuegos, celular).
El psiquiatra Sergio Barroilhet nos invita en esta entrevista a reflexionar sobre nuestros consumos y especialmente, en nuestro papel de padres educadores de medios.
¿Cómo aplicamos el concepto de una vida sana a la exposición de los niños a los medios?
Nuestra nutrición tiene una racionalidad, un orden. No comemos cualquier cosa ni en cualquier cantidad. Hay un tipo, una cantidad y una forma adecuada de alimentación para cada persona en cada momento del desarrollo.
a. Cantidad: los niños necesitan determinados aportes protéicos y calorías. Su salud y desarrollo van a afectarse si por ejemplo, comen menos proteínas de las que necesitan o si se exceden en aporte calórico. Hay alimentos más atractivos que otros y algunos que una vez probados cuesta más dejar de comer que otros. Y si para los adultos es difícil, imagínense para los niños. Con los alimentos como con cualquier estímulo gratificante, a menor edad, menos capacidad de autorregularse.
b. Tipo: Hay alimentos que son vitales a cierta edad, como la leche en los niños, y otros que deben ingerirse a ciertas edades, por ejemplo los menores un año no pueden comer huevo ni miel, y los adultos mayores disminuir la sal al mínimo. Hay ciertos alimentos que nuestro cuerpo no está preparado para procesar y otros que todas las personas debieran ingerir en poca cantidad, como las grasas animales o los azúcares refinados (sacarosa).
c. Forma: Los menores de 1 año deben comer todos los alimentos molidos y cocidos o muy bien lavados. Para los adultos mayores es más sano comer las carnes y pescados “a la plancha” y evitar las frituras.
d. Accidentes: resulta importante aprender a identificar los alimentos en buen y mal estado y los que pueden estar contaminados.
De la misma manera nuestra mente se nutre de la información disponible en el medio circundante. Es decir, la información es el alimento del que se nutre nuestra mente. Nuestro pensamiento opera con un contenido de ideas que resulta del aprendizaje a partir de la información disponible en entorno cultural. Cuando uno piensa, piensa en algo. Es imposible pensar sin contenido. Incluso las ocurrencias que podamos tener se forman a partir de información que ya manejamos y que hemos adquirido de fuera.
Entonces ya podemos hacernos la pregunta: ¿en qué consiste una nutrición cognitiva sana? Es importante seleccionar bien de qué nos nutrimos cognitivamente. Tal como ocurre con los alimentos, presumiblemente existe una “nutrición cognitiva” sana y adecuada para una determinada edad, y formas de nutrición cognitiva que pueden afectarnos negativamente. Hoy la oferta de información ha aumentado notablemente. Es tal la cantidad de información que es difícil saber qué es saludable y qué no.
¿Qué significa “vida sana” en términos de consumo de pantallas?
En el caso de la nutrición alimenticia hay muchos estudios que avalan una determinada dieta para cada edad y condición. Sin embargo para la nutrición cognitiva sana no disponemos de muchos datos.
a. Qué sabemos acerca de la CANTIDAD: en escolares a mayor tiempo de exposición a pantallas, mayor riesgo de dificultades sociales, hiperactividad y malestar psicológico. Sabemos que los niños no deberían ver nunca más de 2 horas de TV al día. Sin embargo este es un criterio bastante amplio pues depende mucho de qué sea aquello a lo que la persona esté expuesta. En cualquier caso sí habría un acuerdo en cuanto a que el tiempo de exposición debiese disminuir hacia la noche, a fin de favorecer una disminución de la activación cerebral que permita un buen sueño.
b. Qué sabemos acerca del TIPO: Hay temáticas que probablemente no serán bien entendidas hasta una cierta edad, o serán mal procesadas.
El problema es que el acceso a temáticas inadecuadas inicia un proceso irreversible: se empieza a configurar un “sentido de realidad” distinto respecto de estas temáticas, modificándose el criterio en cuanto a su normalidad o anormalidad. ¿Qué pasa si expongo a un niño en forma sistemática a la violencia? La violencia progresivamente pasa a ser habitual, a ser parte del acontecer cotidiano, y a formar parte de su repertorio conductual. El sentido de realidad se trastoca puesto que se identifica la violencia con la realidad habitual y por lo tanto normal.
c. Qué sabemos acerca de la FORMA: La forma frecuentemente incide en el impacto emocional de la información. Podríamos decir aquí que en general a mayor impacto emocional, más fácilmente quedará impresa esa información en la memoria, y de manera más inolvidable. Si consideramos ahora la cantidad de alternativas que se nos ofrecen día a día, y que cada fuente de información busca que la seleccionemos y permanezcamos lo máximo posible enganchados prestándole atención, resulta razonable que haya una búsqueda progresiva de contenidos y formas que optimicen el impacto emocional. Es así como se entiende el que películas que le parecieron impactantes a generaciones pasadas, hoy no logren el efecto de ayer; y que se vaya escalando en los realities hacia niveles de exposición suficientes como para lograr captar la atención de una teleaudiencia progresivamente insensible y que no se sorprende fácilmente. Si agregamos aquí el factor edad, la sobre-estimulación de los niños va consiguiendo el mismo efecto, y podría influir en que (a medida que crecen) se pudiesen ir convirtiendo en consumidores cada vez menos impresionables.
d. Qué sabemos acerca de los ACCIDENTES: Hay información que definitivamente está descompuesta, tergiversada, falseada, o que confunde. Información que podríamos llamar “de mala calidad”. El problema radica aquí en saber distinguirla y saber qué hacer con ella.
¿Cómo podemos los padres fomentar el correcto uso de los medios en los niños y adolescentes?
Así como enseñamos a nuestros niños a alimentarse y nos esforzamos en educarlos en un hábito alimentario sano, debemos esforzarnos en formar un hábito de nutrición cognitiva sana. Que sepan respecto de un hábito nutricional cognitivo, qué contenidos es sano seleccionar, cuánto de cada contenido es sano “consumir”, cuáles son las mejores formas de hacerlo, y dónde están las mejores fuentes de información. Aquí por supuesto que lo primero y más importante es ser consistente y predicar con el ejemplo.
No es presentable que una madre le diga a un hijo que no debe comer fuera de horario, o que hay que evitar los dulces, si ella pasa picando y tiene una apetitosa barra de chocolates en su velador para cada noche.
¿Hasta qué punto podemos prohibir y consensuar?
Creo que al igual que en la alimentación, no hay información que deba ser prohibida en forma absoluta, excepto aquella que pueda ser dañina por estar “accidentada” (descompuesta, falseada, tergiversada, confusa, etc). Las prohibiciones relativas y los consensos tendrán que juzgarse en relación con el grado de madurez para poder asimilar la información que se obtenga. Sin embargo no está demás decir que hay ciertos “nutrientes cognitivos” que hay que cuidar de administrar con más ojo que otros, como por ejemplo la violencia o el erotismo.
¿Cómo debieran los padres involucrarse en los consumos de medios de sus hijos?
Aunque no se practique demasiado todavía, creo que hoy existe bastante conciencia de en qué consiste una nutrición sana. Asimismo creo que se puede conversar acerca de en qué debiera consistir una nutrición cognitiva sana. Por otra parte me parece importante que los padres estén bien informados y ojalá hayan “probado” aquello de lo que se están nutriendo cognitivamente sus hijos.
¿Están hoy los padres conscientes de la importancia de estos temas en la formación de sus hijos?
Me parece que no hay mucha conciencia, y si hay algo, hay poca proactividad. Creo que hay dos factores que explican que los padres vayan tarde o sean pasivos respecto de estos temas:
a. La gran cantidad de información disponible y lo rápido del cambio en códigos, formas y contenidos.
b. La fuerza de valores sociales contemporáneos que han permeado al interior de las familias, tales como el valor de la autonomía, la tolerancia, el consenso democrático, la libertad del “patio de atrás”, el liberalismo progresista, entre otros; los cuales podrían generar mayores ambivalencias en los padres en cuanto a ejercer su paternidad.
Pesaría demasiado el riesgo de aparecer ante sus hijos y ante el resto de su entorno como controladores, autoritarios, fundamentalistas, pacatos, discriminatorios, y retrógrados.
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